
Sin mirar atrás, dejó su departamento en absoluto silencio. Su ropa arrugada y maltratada demostraba su despreocupación a la hora de vestir, pero con su postura denotaba el desgano con que caminaba. El rostro presentaba una barba cultivada desde hace algunos días y su pelo alborotado daba claras señales de suciedad.
Mario dejaba su cómodo departamento en Las Condeslas para enfrentarse al día en la calle que no había visto hacía hace tanto por culpa de su auto-encierro entre en sus cuatro paredes. Mirando hacia todos lados entró al ascensor, esperó un momento para asegurarse que no había nadie más en el piso. Pulsó el númeronumero uno con su dedo tembloroso y delicado, mientras que con la otra mano buscaba el su celular en el amplio bolsillo de su chaqueta negra. Se percató de varias llamadas perdidas y mensajes de texto sin leer, pero ni ésto lo hizo dudar en apagar su nuevo celular. Siguió bajando el ascensor mientras el sudor de su frente se acrecentaba. Por fin llegó al primer piso y sintió un alivio:, sentía que desde hace días estaba naufragando en alta mar, y por esta razón disfrutó como nunca antes pisar en la fría baldosa del edificio.
Con un gesto medio perdido saludó al conserje, quien le dijo que le han llegado muchas cartas a su nombre, y también le mencionó los gastos comunes que desde hace unos meses no pagaba. Pero Mario continúo su rumbo hacia la puerta con un paso débil y una sonrisa que era opacada por sus ojos llenos de duda. Llegó a la puerta haciendo caso omiso a las advertencias del conserje y salió del edificio. El conserje le echó una mirada llena de compasión y algo de lástima, como la que un hombre puede tener al dar una moneda a un vagabundo.
Mario no aflojó el paso, siguió hasta su jeep, y luego del estruendoso ruido de los disparos provenientes de los matorrales, se dejó caer aliviado al suelo, tiñendo de rojo la acera y la puerta del vehículo. Ni las balas, ni los panfletos con la sigla “CAM” borraron el alivio en la cara del gerente de SN Power.
Mario dejaba su cómodo departamento en Las Condeslas para enfrentarse al día en la calle que no había visto hacía hace tanto por culpa de su auto-encierro entre en sus cuatro paredes. Mirando hacia todos lados entró al ascensor, esperó un momento para asegurarse que no había nadie más en el piso. Pulsó el númeronumero uno con su dedo tembloroso y delicado, mientras que con la otra mano buscaba el su celular en el amplio bolsillo de su chaqueta negra. Se percató de varias llamadas perdidas y mensajes de texto sin leer, pero ni ésto lo hizo dudar en apagar su nuevo celular. Siguió bajando el ascensor mientras el sudor de su frente se acrecentaba. Por fin llegó al primer piso y sintió un alivio:, sentía que desde hace días estaba naufragando en alta mar, y por esta razón disfrutó como nunca antes pisar en la fría baldosa del edificio.
Con un gesto medio perdido saludó al conserje, quien le dijo que le han llegado muchas cartas a su nombre, y también le mencionó los gastos comunes que desde hace unos meses no pagaba. Pero Mario continúo su rumbo hacia la puerta con un paso débil y una sonrisa que era opacada por sus ojos llenos de duda. Llegó a la puerta haciendo caso omiso a las advertencias del conserje y salió del edificio. El conserje le echó una mirada llena de compasión y algo de lástima, como la que un hombre puede tener al dar una moneda a un vagabundo.
Mario no aflojó el paso, siguió hasta su jeep, y luego del estruendoso ruido de los disparos provenientes de los matorrales, se dejó caer aliviado al suelo, tiñendo de rojo la acera y la puerta del vehículo. Ni las balas, ni los panfletos con la sigla “CAM” borraron el alivio en la cara del gerente de SN Power.
.
.
.
Francisco Sepulveda, enero 2008
No hay comentarios:
Publicar un comentario